¡Hasta siempre, Aysén!

POR: JORGE ABASOLO

No sé cuántas columnas he escrito para este diario que me cobijó durante muchos años como columnista

Así como el sueño de todo abogado es llegar a ser Fiscal o integrar la Corte de Apelaciones, el propósito de todo periodista es convertirse en columnista.  ¡Supieran ustedes lo que ello me costó!  Fueron años para lograr ese objetivo.

Y ser columnista de humor cuesta más aún.

Lo que me encanta del humor es que no se casa con nadie. Y es que los ojos de quien escribe humor tienen la facultad de atravesarlo todo y de desacralizar hasta lo venerado e intocable. El humor muerde, mastica y no descansa. El humorista es un hombre taciturno…al borde de la tristeza, que viene de regreso con su melancolía a cuestas y con las manos llenas de verdades que le impiden soñar para dejar de ser él mismo, como ocurre con todos los que sueñan.

Ahora bien, ¿cómo llegué a convertirme en columnista de este diario?

Fue merced a mi estrecha amistad con Antonio Horvath, un parlamentario de lujo que se la jugó por su región como pocos. Pasarán muchos años antes de que Aysén tenga un senador de esa calidez humana y estatura intelectual. Me queda la satisfacción de haberlo hecho reír con algunos chistes e imitaciones, que nos despercudían de la tensión inherente a una campaña política.

Cuando estábamos en Coyhaique, generalmente cenábamos en el casino del Cuerpo de Bomberos, donde dábamos rienda suelta a eso que los sociólogos llaman cenestesia social. No recuerdo el nombre de la concesionaria. Pero cuando me dijo que coleccionaba mis columnas, no pude disimular una argamasa de orgullo con satisfacción.

Gracias al inolvidable “Antonioni” (el apodo con que bauticé a Horvath) pude conocer Cochrane, Puerto Guadal, Villa Mañihuales, Isla Toto y otras tantas localidades que revelan que Chile cuenta con una dislocada geografía. Y también pude hacer amigos, como Lipa Lagos, Cristóbal  Cosmelli, Ximena Novoa, “Míster” Chaura, Luchito Álvarez y tantos que omitiré en medio de la nostalgia con que escribo estas letras.

Supe de la afabilidad de la señora Azucena, en Río Tranquilo, donde compartimos más de un mate y supe de los logros y expectativas de una comunidad donde el paraje era el mejor batifondo para una cháchara que siempre quedaba corta.

¡Y qué decir de don Guillermo Váas Naranjo, el historiador de Chile-Chico, y de doña Danka Ivanoff, obsequiosa hasta el hartazgo. Aún guardo sus libros con dedicatorias que no merezco.

Razones ajenas a mi voluntad me hacen bajar el telón a una catarata de columnas que no tuvieron otro propósito que sonsacar una sonrisa a mis fieles lectores. ¡Tarea nada fácil en estos azacanados tiempos que corren a velocidad de gato escaldado!

Prometo volver algún día a esta mágica y encandilante región.

Sé que será un viaje cuajado de alegrías y sollozos. Ya no están ni Antonio, ni el “Viejo” Gregorio, ni la señora Bustamante. Serán emociones encontradas, desde luego.

Sí. Prometo volver algún día a esta región. Sé que me esperan personas y parajes que me devolverán esa nube esplendorosa llamada esperanza. Sí, la  esperanza… que no es otra cosa que el sueño del hombre despierto.

¡Hasta siempre, Aysén!

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