UNA CONSTITUCIÓN PARA NOSOTROS

¿En qué se parecen la noche del 5 de octubre de 1988 y la de este jueves 14 de noviembre? Tras una jornada que comenzó al clarear el alba, aquella noche de fines de los ochenta el país retomaba su histórica senda democrática; no obstante, al día siguiente se instaló la discusión de cuán legítima era la Constitución Política que regiría los destinos de Chile en los próximos cincuenta o cien años; un documento controversial que hasta este jueves jamás logró el consenso que requiere una Carta Fundamental para validarse entre sus gobernados.

En efecto, la noche de este jueves, ya bien entrada la madrugada del viernes, los chilenos que hasta esas horas aguardaban frente al televisor –con la misma expectativa de hace 30 años–, tal vez hayan ido a dormir más aliviados con la certeza de estar frente a la oportunidad de resolver una antigua controversia, cuya magnitud ha tenido el efecto devastador de una tragedia natural de esas que se alojan en la memoria nacional.

En abril próximo –según lo acordado hace dos noches entre los distintos líderes políticos reunidos en Santiago–, chilenos y extranjeros con derecho a sufragio deberán decidir a través de un Plebiscito si aprueban o rechazan una nueva Constitución.

No existen leyes perfectas, ni siquiera aquellas simples creadas para zanjar conflictos pedestres como la propiedad de los frutos que pasan a la casa del vecino, porque las leyes no son solo letras y palabras, también tienen espíritu; sentido y alcance, y si hay algo subjetivo e ilimitado en la vida del ser humano, es esa abstracción inconmensurable en su imaginación y valoración a la que llamamos espíritu.

La actual Constitución, no obstante sus inúmeras modificaciones, fue concebida bajo el espíritu de cautelar y preservar intereses acotados que con el tiempo colisionaron con otros intereses emergentes e inimaginables para quienes la redactaron, hasta llegar a su propio Big Bang, acaecido el 18 de octubre de 2019.

La pregunta es si nuestro país tiene la suficiente madurez y cultura cívicas para concebir una nueva Carta Fundamental, y luego darle funcionalidad, sin que su operatividad la torne injusta o incomprensiva; riesgos salvables en la medida que los unos entiendan qué piensan y desean los otros, para enseguida empezar a hablar de nosotros, las personas, los seres humanos, los que creamos las instituciones, y no al revés.

De esto algo entienden los norteamericanos, cuya Constitución de 1787 comienza diciendo “NOSOTROS, el Pueblo de los Estados Unidos”.

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