¿Bendita o maldita primavera?

A poco más de un mes de iniciarse la primavera en el hemisferio sur, esta primavera chilena se ha presentado este año en extremo alergénica; mucho más para los alérgicos al polvo de casa, ese extraordinario ecosistema constituido por una mezcla de material orgánico e inorgánico (escamas de la piel humana, restos dérmicos de los animales, insectos, esporas de hongos, fibrillas que se desprenden de la ropa y otros tejidos). Un ecosistema antiguo y vigente que también es posible hallar debajo de la alfombra del living, y del país.

Cada vez que se levanta la alfombra estos bichitos saltan y se instalan en medio del sistema respiratorio de personas y animales, provocando gran malestar, incluso, algunos requieren ingerir potentes antihistamínicos con el fin de continuar con sus diarias actividades.

No obstante, levantar y sacudir la alfombra –por más polvo que se lance al ambiente – siempre es necesario, aunque debajo de ella aparezcan cosas que no gusten. Las personas, los países, suelen meter bajo la alfombra todo aquello que quieren invisibilizar, cosas que avergüenzan: las cuentas impagas, alguna derrota, uno que otro compromiso pendiente, en fin, bajo la alfombra cabe todo.

En esta primavera –maldita para unos, bendita para otros–, más alergénica que nunca, la más agresiva, dicen, de los últimos 30 años, los chilenos salieron a las calles a sacudir la gran alfombra nacional. En cada capital regional, así como luce hidalga y gallarda la Bandera Bicentenario, las personas salieron a desempolvar la alfombra, esa que por años ha venido acumulando la basura, los temores, las injusticias, las frustraciones, el clasismo y el racismo; todo aquello que avergüenza e inquieta.

Como resultado de esos andares populares –integrados por niños, jóvenes, padres, adultos mayores, minorías étnicas y sociales– que desde hace unos días han recorrido plazas y avenidas, sucumbiendo a la ira estatal, se ha visto que, aunque pase un siglo y otro más, tarde o temprano, hay que levantar la alfombra y deshacerse de su hedor, de su humedad, de su vocación ocultista.

Chile no está en guerra, sino despierto; tampoco es el país arrogante del barrio, cuyos vecinos detestan por su supuesta prosperidad. Chile es un país como todo lo que queda al sur de Estados Unidos: un territorio en vías de desarrollo, para el que todos cuentan y donde nadie sobra.

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