¡Hasta siempre, Enrique…!

Escribe: JORGE ABASOLO ARAVENA

A eso de las 10 de la mañana del lunes recién pasado me llamó mi amigo André Jouffé para darme la funesta noticia. Había dejado de existir Enrique Lafourcade, el gran escritor, mentor y administrador de la Generación de los 50.

El escritor solo puede interesar a la humanidad cuando en sus obras se interesa por la humanidad. Partiendo de esa premisa, sería huero desconocer que Lafourcade vivió a ultranza la literatura.

Me hizo un honor con su amistad. Quedarán impregnadas en mi retina esas noches de tertulias enjundiosas en su casa, donde el vino era el simple subterfugio para que emergiera la perorata improvisada, intensa, fluida y sazonada con anécdotas, cual de todas más sabrosas. Y es que en su hogar, asomaba el otro Lafourcade, ajeno a las candilejas y del ficticio mundo televisivo donde las personas se disfrazan de personajes.

En su hogar asomaba el Lafourcade genuino, lejos de esa timidez que le acompañó de por vida. ¡Sí, aunque no lo crean, Lafourcade era un tímido por antonomasia!

Se los digo yo…que hasta se lo pregunté…y me lo reconoció.

Cierta noche comenzó a imitar a algunos personajes de la fauna literaria chilensis y hasta hizo gala del lenguaje sardónico que le era tan propio para zaherir a algunas “vacas sagradas” de la literatura criolla.

La anécdota que me contó acerca de Nicanor Parra la dejo para una próxima ocasión.

Mientras escribo estas líneas, agolpa a mi mente la última vez que estuve en su casa de Santiago, cuando la enfermedad que lo alejó de este mundo no asomaba para causar sus malditos estragos.

Aquella vez hablamos de su pasado socialista y  al momento de pedirle que se definiera en pocas palabras, enarcó una ceja, bebió un sorbo de vino y me contestó:

-Mire, Jorge…yo soy un anarquista sentimental”.

Polémico por antonomasia y con ese estilo desenfadado que terminó por granjearle una legión de simpatizantes y enemigos, Lafourcade hace ya muchos años que se ganó un lugar de respeto en el areópago literario nacional. Dijo y le dijeron de todo. Temido, odiado y admirado, su fértil creatividad cesó solamente con su muerte.

Autodefinido como un glotón de la cultura, me confesó una vez que no sabía quién era. En esto coincidió siempre con Borges, “ya que vivo enmascarándome y ocultándome no sólo de los demás, sino sobre todo de mí mismo”. No obstante, en sus mordaces crónicas, se expuso hasta con beneplácito ante la mirada ajena, siempre escrutadora y algo menoscabante, mientras su literatura lo reveló casi entero…o bastante más de lo que él suponía

Era directo, exento de máscaras, sin afeites, de una franqueza que pasmaba. Otra vez lo pasé a ver a la Plaza Mulato Gil, cuando terminaba de dictar las clases en su Taller Literario. Me invitó a tomar un pisco sour…a pleno mediodía. Yo acepté…y finalmente terminamos almorzando en su casa.  Conocí al Laforurace íntimo, al Enrique amigo de sus amigos.

Y como esto no ha de convertirse en un juicio ditirámbico hacia su persona, también debo admitir que conocí el reverso de su personalidad. Es decir, al Enrique Lafourcade mañoso, cáustico, talentoso y siempre vigente.

¡Hasta siempre, Enrique…!

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