Emprendimiento en Chile

POR JORGE ABASOLO

El tema ya se instaló en Chile. Es frecuente que hoy hablemos de Emprendimiento, lo que me parece formidable. Y digo esto porque antes el tema era tabú;y efectivamente emprender en Chile es tan difícil como quitarle la tabla a un náufrago. Aun así, el hecho de que el tema se haya instalado nos induce a ser optimistas, aunque con la Biblia en la mano.

Digo esto porque conozco un colega periodista que –de la noche a la mañana- quedó con menos trabajo que un refrigerador en el Polo. Como el hombre es imaginativo, echó a andar su inventiva y optó por abrir un café de tipo literario.

En el lugar trabajaban hombres y mujeres, por tanto, el inspector municipal de turno le pidió un baño para hombres y otro para mujeres empleados. Además de un baño para hombres y un baño para mujeres clientes. Además del baño de lisiados. Es decir, ¡le pidieron cinco baños para un pequeño café de tan sólo 12 metros cuadrados!

Con esto quiero decir que el incipiente emprendimiento en Chile no pasa por leyes o iniciativas que la catapulten…sino a nuestra estrecha mentalidad ganadora, esa maldita idiosincrasia del trámite eternamente pendiente.

Este ejemplo explica por qué en esta tierra es frecuente encontrar al tipo que practica la economía de subsistencia. Ante una catarata de trabas y petitorios fuera de la lógica más elemental, este tipo de mentalidad económica está muy arraigada en nuestro país. Es la inherente a quien emprende un negocio, produce o vende, únicamente en la medida de que sea necesario para sobrevivir.

Para el subsistente, el trabajo es algo tedioso, que carece de todo contenido ético o significado más profundo Por eso lo hace a contrapelo. Lo considera un mal necesario que mientras se pueda evitar…mejor. Por consiguiente, su vida se ve realizada de otra forma: en la existencia estilo señorial del aristócrata de antaño, el peregrinaje de hippie contemporáneo, algo similar al el ocio del campesino carente de inventiva que, pudiendo sembrar más, se limita a lo indispensable.

La explicación a este comportamiento arranca de muy atrás. En su época de apogeo, la oligarquía no tocaba nunca el dinero con sus manos: firmaba solamente cheques, pues de los pagos menudos se ocupaba un empleado de confianza… o el mayordomo.

No siendo el trabajo un aderezo cardinal para sus vidas, la aristocracia se volcó a su actividad favorita: la política. Tanto así que José Victorino Lastarria llegó a denominarla “el deporte de las oligarquía”.

Y así fue como nuestro Parlamento cayó en una suerte de parálisis creativa, donde los debates acerca de las cuestiones religiosas podían durar meses. Pasamos a ser el país de los discursos, haciendo apología de la palabra, rindiendo culto a la forma y cayendo de hinojos ante la retórica.

Lo paradójico es que nuestro Parlamento –lejos de erradicar estas lacras- las ha acicalado y maquillado lo suficiente para hacernos creer que “el país puede estar tranquilo”.

Cuando un político asegura que el país puede estar tranquilo…yo me empiezo a poner intranquilo.

La pregunta de Perogrullo nos asalta: ¿dónde buscar a los emprendedores en el Chile de hoy? ¿En los entrepreneurs que ya invirtieron…o en las universidades, donde se encuentran los futuros potenciales jóvenes con ansias de aventura en el arte de innovar?  

A mi juicio hay que buscarlos en todos los ámbitos.

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