¡Vade retro…Burocracia!

POR JORGE ABASOLO

HURGANDO por aquí, por acá y por acullá, me entero de que la palabra burocracia fue aceptada por la Real Academia de la Lengua recién el año 1911.

Antes de esa fecha parece ser que…¡estaba en trámite!

Digo esto porque conozco un colega periodista que –de la noche a la mañana- quedó con menos trabajo que un refrigerador en invierno. Como el hombre es cachazudo, echó a andar su inventiva y optó por abrir un café de tipo literario.

En el lugar trabajaban hombres y mujeres, por tanto, el inspector municipal de turno le pidió un baño para hombres y otro para mujeres empleados. Además de un baño para hombres y un baño para mujeres clientes. Además del baño de lisiados. Es decir, ¡le pidieron cinco baños para un pequeño café de tan sólo 12 metros cuadrados!

Con esto quiero decir que el incipiente emprendimiento en Chile no pasa por leyes o iniciativas que la catapulten…sino por nuestra estrecha mentalidad ganadora, esa maldita idiosincrasia del trámite eternamente pendiente. ¡La burocracia!

Esta malhadada práctica es de vieja data en nuestro aporreado país. Es cosa de fisgonear un tanto en nuestra historia.

Fue allá por el otoño del año 1813, cuando gobernaba la naciente república una Junta de Gobierno, creo, dirigida por el díscolo José Miguel Carrera. Esta Junta –más entusiasmada que ordenada- decidió colocar en plena Plaza de Armas de Santiago un monumento similar a la pirámide existente en la actual Plaza de Mayo, en Buenos Aires. La idea consistía en erigir una auténtica estatua a la Libertad.

En el Decreto aludido, se indicó que en el centro se pondría en el centro de la plaza mayor una majestuosa pirámide, en cuya cúspide se vería una estatua (…) sosteniendo en las manos una lámina con estas inscripciones; “A los defensores de la Patria, en el año tercero de su Libertad” y “A los vencedores de los piratas, año de 1813”. Además, se colocarían láminas de bronce con los nombres de quienes habían muerto en defensa de la Patria.

Sin embargo, el decreto sufrió continuos ataques de burocracia. Por consiguiente, el monumento…jamás se erigió.

Hoy por hoy, creo que se podría rescatar la idea…como una Estatua a la Burocracia.

Uno puede entender que en el mundo civil lo llenen de trámites y le pidan cuanto papel exista.

Pero…¡la burocracia en la guerra es inaceptable!

Sucedió en la Guerra de Crimea, cuando el mayor Foley, un rico oficial británico que acompañaba al general Rose, necesitó unos clavos a objeto de realizar una pequeña reparación. Para ello se dirigió al almacén de material del cuartel de Balaklava y pidió que le vendieran unos cuantos.  El soldado que estaba a cargo del almacén le dijo que no era posible, ya que las normas que tenían le impedían vender los clavos sueltos, y que tan sólo se podían adquirir al por mayor. El mayor Foley le preguntó cuál era la cantidad mínima que se tenía que adquirir y el soldado le respondió:

-Una tonelada.

Algo sorprendido, aunque sin perder la compostura, retrucó:

-Está bien. En ese caso, póngame una tonelada de clavos, por favor.

Este episodio, ha sido extractado de la más irreverente realidad. Esa que carece totalmente de una cuestión llamada Lógica.

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