WE TRIPANTU, INVITACIÓN A RENACER

Por medio de las redes sociales me compartieron lo siguiente: “en 1997 el Museo de la Humanidad de Londres presentó una exposición sobre los habitantes de la Patagonia. La última imagen de la muestra era (una) fotografía tomada en 1939 durante una expedición etnográfica alemana, que muestra a un originario de la isla grande (Tierra del Fuego) al que sostienen de la cabeza para forzarlo a mirar la cámara. En su rostro se ve la profunda tristeza de sentirse humillado, forzado, violentado… desesperanza, el sentimiento más desgarrador que puede sentir el ser humano. No hay que olvidar, sobre dónde se forjó la sociedad que aún desprecia a los pueblos originarios,  milenarios, preexistentes a los Estados republicanos en esta Abya Yala.”

La fuerza simbólica de la imagen contrasta con el tiempo de festividad que representa el We Tripantu que nuestros hermanos mapuches celebran y a través del cual nos invitan a iniciar un nuevo año. La luna nueva, el sol que renace con más fuerza, la promesa de los brotes, la vida que se renueva en los propósitos para seguir adelante, nos obligan a pensar en las dos concepciones de “año” que conviven en nuestra cultura.  La del pueblo mapuche, habitantes originarios, enraizada en la relación ancestral y armónica con la madre tierra, basada en una mirada de respeto y en la conciencia de ser parte de toda la creación. Por otra parte está el calendario gregoriano cuyo origen es europeo, el que llegó a nosotros por medio de los conquistadores, actualmente es el más consensuado en el mundo. Son dos visiones del tiempo, del mundo y de la creación.  Dos miradas que conviven y construyen cultura de manera muy diferenciada. La fotografía a la que se hace referencia en las primeras líneas de esta columna, es un fuerte llamado a repensar en cómo, nuestra sociedad occidental avanza en pro de un desarrollo que poco tiene de renovación de los ciclos de la naturaleza y tiene mucho de utilización y agotamiento de la madre tierra.

Quizás, a raíz del We Tripantu, podamos educarnos en la toma de conciencia de que nuestra vida no puede ir en paralelo a los ciclos de la naturaleza sino que en profunda relación e interdependencia con ella. Educarnos a respetar los tiempos, las personas, los ciclos vitales. Educar a nuestras jóvenes generaciones para que tengan el valor, porque hay que ser valiente, de pasar del ritmo frenético del consumismo individualista, de los criterios cuantificables y competitivos, a un estilo de vida más humano que se enraíce en el trato de respeto y en la actitud de aquel que sabe lo mucho que tiene que aprender de los demás y de la naturaleza. La fotografía en el Museo de la Humanidad de Londres representa un fuerte llamado a dejar de lado todo gesto de violencia y de imposición, los ojos de angustia de ese habitante de Tierra del Fuego insisten en recordarnos que la dignidad de la persona es una e inalienable.

Trabajemos por una educación que centre sus esfuerzos en formar personas conscientes de la responsabilidad que tenemos en construir una cultura que se descubra en profunda interdependencia con todo lo creado.

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