Chilenos, ¿racistas?

Por Jorge Abasolo

Lo he escuchado en reiteradas ocasiones y en los matinales de TV, donde nada se escruta con el rigor debido y la superficialidad suele ser la nota constante. “Los chilenos somos racistas”, se repite a cada rato y con seguridad digna de mejor causa.

Tengo mis dudas. ¿Somos racistas respecto de quién o quienes? 

En Bolivia y Perú creo que son más racistas que nosotros. En Tailandia hay restaurantes donde se prohíbe la entrada a los latinos. Y conste que esto pasa también en otras latitudes. Ni hablar de Francia, donde se mira a los “sudacas” con desprecio intolerable. Los franceses nos miran y tratan como suegra con plata.

Ahora bien, si somos racistas…me atrevo a asegurar que no lo somos en mayor medida e intensidad que otros países de Latinoamérica.

En este sentido se confunde clasismo con racismo, que es como confundir la causa con el efecto, la gordura con la hinchazón o el afecto con el sentimiento.

Admitamos que la mayor parte de los inmigrantes a lo largo de nuestra historia han sido acogidos por la población sin mayores problemas. Si ahora último hay reacciones en contra de grupos de negros es con razón de fondo. Por ejemplo, en la ciudad de Angol ya hay grupos colombianos de usureros. ¡Los dejamos entrar como si no bastare con los usureros locales!  Le prestan dinero sin pedirle mayores antecedentes. Pero luego le cobran intereses sobre intereses. ¡Y vaya usted a no pagar!  Se le dejarán caer en patota y quedará tan golpeado que no le quedarán más ganas de pedir dinero a los usureros. Se quedará con el Banco del Estado, cuyos abusos por lo menos tienen un límite legal.

Reitero a riesgo de ser majadero. En Chile no hay racismo, pero sí un clasismo que irrita, degrada y “empelota”. Eso sí, la lacra es sudamericana, no originaria de este sísmico país.

Es cosa de echar un vistazo a la cotidianeidad.

Por ejemplo, un rico con pistola es un tipo precavido. Un pobre con pistola es un delincuente. Un rico con alas es un ángel; en Sudamérica un pobre con alas es un murciélago.

Un adinerado en un prostíbulo busca placer. Un pobre en un prostíbulo busca a la hermana.

Un acomodado leyendo un diario es un intelectual. Un pobre leyendo el diario busca trabajo.

Un integrante del grupo ABC 1 corriendo es un deportista. Un tipo de estrato D (el más bajo) es un ladrón.

Un pudiente con un maletín pasa por ejecutivo. Un tipo pobre con maletín pasa por traficante.

Un opulento homosexual es gay. Un pobre homosexual es un simple maraco.

Un tipo de clase alta rascándose es un alérgico. Un pobre rascándose, es un sarnoso.

Un tipo acaudalado en una comisaría es un denunciante. Un pobre en una comisaría es un detenido.

Finalmente, permítanme decir que las políticas migratorias de alemanes, suizos, franceses o italianos se produjeron en el siglo 19 debido a que la política del gobierno de aquella época era muy pro-europea. Quisieron importar técnicas, capitales y el “know-how” de los europeos procurando el progreso del país. Y bastante se logró.

Ahora, con esa cantinela de “que todos somos iguales” hemos traído haitianos, colombianos y hasta dominicanos. ¿Consecuencia? En el caso de las mujeres colombianas y venezolanas ha aumentado la prostitución a índices siderales. En Antofagasta la situación adquiere ribetes de pandemia. Cómo si no bastara con las putitas chilenas, que no son ninguna maravilla pero son de la casa. ¡Son producto nacional…!

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