LOS BOSQUES DE AYSÉN NO ESTÁN ADAPTADOS A LOS INCENDIOS

Laura Sánchez Jardón, Proyectos SIB-Aysén, Hongusto y Laboratorio Abierto de Ciencias Subantárticas. Centro Universitario Coyhaique, Universidad de Magallanes.

En ciertos ecosistemas, el fuego forma parte de su dinámica natural. Estos son, por ejemplo, los bosques boreales y tropicales de coníferas y las sabanas. En ellos, algunas plantas poseen adaptaciones específicas, como el grosor de la corteza o las semillas que permanecen mucho tiempo en el suelo y necesitan altas temperaturas para germinar, mientras que otras especies perecen; en algunas partes del bosque, el fuego no llega siempre, originando un mosaico de clases de edad y diferentes comunidades y, por ende, modelos de sucesión ecológica asociados al régimen de fuego. Aun así, una excesiva intensidad y frecuencia de los incendios puede perjudicar la diversidad biológica y el equilibrio funcional del ecosistema.

Debido al microclima húmedo bajo el dosel forestal, la humedad del combustible y las elevadas precipitaciones, otros tipos de bosque no están adaptados a los incendios. Tal es el caso de los bosques templados, siempreverdes o caducifolios, que se encuentran en nuestra región subantártica de Aysén. Durante períodos de sequía intensa, como la que se experimenta durante El Niño, aumenta su susceptibilidad al fuego; éste puede llegar a hacer desaparecer todas las lianas, brotes, plántulas y árboles jóvenes, así como el banco de semillas presente en el suelo, afectando drásticamente su diversidad biológica. En la fauna tiene efectos devastadores, no sólo porque causa muerte directa, sino porque provoca efectos más duraderos como estrés, desaparición de hábitats y fuentes de alimento. No es extraño que el humo reduzca la actividad fotosintética y perjudique directamente la salud de los seres humanos y otros animales. Además de influir en el comportamiento de las especies vegetales y animales, constituyen una fuente importante de carbono atmosférico (contribuyendo al calentamiento global) y alteran el ciclo hidrológico con consecuencias sobre sistemas dulceacuícolas y marinos.

Lamentablemente, a causa del masivo incendio de Cochrane vigente actualmente, se pone en evidencia que las plantaciones forestales con coníferas, como las que se implementaron en la Región de Aysén hace décadas para evitar la erosión del suelo, amenazan la integridad de los ecosistemas nativos que se encuentran en sus proximidades; no sólo por las diferencias en diversidad biológica y funcionamiento ecológico a nivel local, que las hay (pero aún no ha sido muy estudiado en nuestra región), sino por constituir una fuente de combustible altamente inflamable. El riesgo es aún mayor cuando ha llovido poco, o cuando éstas se abandonan o no son manejadas adecuadamente.

Quizás el efecto más transcendental es la mayor probabilidad de incendios en años subsiguientes, por acumulación de material combustible sobre el suelo. Los incendios repetidos son la principal causa de deforestación y pérdida de biodiversidad en bosques en los que el fuego no es una perturbación natural. Independientemente del número de especies de plantas, animales y hongos afectados, o la enorme extensión que está alcanzando, lo que está ocurriendo en Cochrane estos días es un desastre ambiental, con consecuencias aún desconocidas a nivel local, regional, nacional y mundial. Recuerda la tragedia de los incendios de mediados del siglo XX, que permitieron implementar praderas ganaderas y se lograron controlar, dando forma al paisaje actual de Aysén. El único aspecto constructivo en el que puedo pensar ahora es, como con los niños, que haya servido para comprender de verdad el efecto devastador del fuego.

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