Las consecuencias de instalar altas expectativas

En toda campaña el candidato o candidata, vocifera y cuenta a todos los vientos lo que quiere hacer cuando sea electo.

En el colegio, la directiva que busca ser quien dirija los destinos del Centro de Alumnos, se pasea por cada sala ocupando los preciosos minutos que cada profesor da para que las distintas listas cuenten su plan de trabajo.

En los recreos, los candidatos ocupan los espacios que les dan, la radio interna y el canal de TV del colegio. Actualmente, las redes sociales digitales son el mejor y más barato canal de comunicación para darse a conocer y si se es joven, con mayor razón.

Pero, más allá de qué o cuál canal es el más efectivo para hacer propaganda sobre los beneficios de votar y elegir a un candidato por sobre el otro, lo más relevante es el mensaje.

En el plan de gobierno o programa de gobierno se depositan las esperanzas de quienes votan por A en vez de B. Es, en este espacio de la propaganda en donde nacen las expectativas.

La decisión de elegir a un candidato versus otro, principalmente está dado por lo que ofrece, en otras palabras, un programa de gobierno liderado por un presidente. Plan y programa que muchas veces no se explica completo, sino solo se comunican principalmente los titulares, por la escasez de tiempo.

Por ello es que cuando se plantea un objetivo hermoso pero poco alcanzable, puede que encante al público, pero a la hora de empezar a ejecutarlo, quienes votaron por el que lo prometió, pasen de la esperanza-expectativa a la desazón y lo que es peor, al desencanto.

Quizá lo escrito anteriormente explique en alguna medida, lo que les pasa a algunos dirigentes políticos, algunos instalados en el Gobierno y otros en el Parlamento. Es que para llegar ahí se dijeron cosas, se abrazó una idea común, se sacaron fotos y se prometieron fidelidades.

Las expectativas en cada Gobierno que gana, siempre son altas, porque a cada escoba nueva se le exige que barra bien, solo por ser nueva. También se generan altas expectativas porque se eligió una idea por otra que según el que votó debía salir del mando porque no estaba haciendo bien las cosas.

La evaluación desde la ciudadanía al actuar de quienes ostentan cargos de connotación pública o social es cada vez más fuerte y se mueve a la velocidad de la luz. El tiempo en que se podía esperar hasta el lunes para reparar una caída, se terminó. La ciudadanía espera rigor y respuestas inmediatas y si es que no las encuentra, enjuicia de inmediato, colocando a la autoridad en un espacio de ineficiencia, pues se supone que sabe lo que hace y que para eso está.

Por todo esto, en política las promesas o titulares con alto nivel de expectativa, sobre todo al cambio, venden, pero su fecha de vencimiento es cada vez más acotada y la consecuencia frente a la desazón es la incredulidad.

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