El imprescindible control social

Ir el domingo a la panadería de la esquina a comprar empanadas o pan fresco para el desayuno y aprovechar de descansar, lo hacemos sin pensar en que en cada transacción y en cada boleta cortada estamos pagando impuestos. En ese ejercicio tan básico de la dinámica financiera, tanto el que vende como el que compra debe por ley pagar un impuesto que se va directo a las arcas fiscales.

El Estado tiene varias formas de recaudar impuestos y por ende recursos para sus gastos. Este proceso lo conocemos desde la antigua Roma e incluso antes. En la actualidad, Chile genera ingresos por los impuestos, por la venta del cobre y ojalá más adelante por la producción del litio, pero esa es harina de otro costal.

Los ingresos que genera el Estado son ocupados en las luminarias de las poblaciones, en la pavimentación de carreras, etcétera.

Todo el sector público, sus funcionarios, y por ende quienes desarrollan actividades en el parlamento, son financiados por el Estado, y si hacemos la vuelta larga, por usted y por nosotros a través de los ingresos ya expuestos.

Por esta razón y quizá más importante aún, porque el mundo público a través de sus estatutos y su espíritu se deben a sus beneficiarios o su público objetivo, o como algunos más osados les llaman: sus clientes.

La explicación al fuerte control social ejercido más que nunca en nuestra sociedad quizá tenga en sus orígenes en que hoy la información fluye a la velocidad de la luz, a la velocidad de la fibra óptica y la inmediatez desconcertante de la Internet.

No deben entonces todos quienes ejercen, ocupan y manejan recursos públicos molestarse o malentender una cuestión básica en toda democracia. El control social, manifestación propia de una sociedad vinculada, atenta e interesada en qué y cómo se gastan las platas públicas, las platas de que a la larga son de todos.

No debe enojarse un parlamentario, un seremi o un presidente cuando se le pregunte si los recursos fiscales se están gastando de buena forma o no. Por más que las “costumbres” indiquen algo natural. Hoy más que nunca se requiere de una clase gobernante sensible, inteligente y transparente en el uso de lo público.

En esta dimensión los medios de comunicación que se instalan lejos de la desidia y del “copia y pega” han sacado a relucir la razón de estar. Fiscalizar con atención el actuar del mundo público y también privado, en ese ejercicio social de “hacer bien las cosas”.

El escrutinio de los medios está en el día a día, el rating, en sus ventas y en su retroalimentación con sus diversos públicos.

El control social es imprescindible, ayer y hoy más que nunca.

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