El síndrome del nido vacío, cuando los hijos se van a estudiar lejos de casa.

En nuestra región las ceremonias de licenciatura de egreso de la enseñanza media, tienen junto a la emoción propia del momento, un doble componente emocional. Los hijos de esta fría pero cálida tierra, reciben la respectiva licencia de egresados, pero a la vez dejan el seno familiar para emprender estudios lejos de casa. Es indudable que en el último tiempo han surgido en nuestro querido terruño, alternativas académicas para nuestros jóvenes, pero claramente aún no se consolidan con la rapidez y eficiencia que todos quisiéramos.

Entrar a la universidad es uno de los hitos más importantes en la vida de una persona. No sólo se adquieren responsabilidades en el ámbito académico, sino que también se vive un proceso de madurez.  La disposición de salir del hogar para iniciar un proceso educativo, tiene un fuerte impacto en los jóvenes, por algún tiempo no los vemos, al cabo de unos años regresan como profesionales, recibiendo su formación fuera del seno familiar regional. Como en todo orden de cosas, habrá jóvenes a los que vivir lejos los ayudará a crecer como personas dado que serán dueños de su tiempo y podrán tomar sus propias decisiones. Pero existirán otros a los que quizás les cueste más acostumbrarse a la independencia.  Se debe considerar el grado de madurez que pueda tener el joven para enfrentar el desafío de irse fuera de la región. También hay que considerar el factor económico: Vivir solo requiere que la persona tenga la capacidad de administrar sus finanzas. Debe aprender a manejar el funcionamiento de un hogar, independientemente si vive con amigos, en pensión o familiares. La salud también será una responsabilidad: el auto-cuidado resignificará mucho valor para enfrentar y prevenir las enfermedades y a la vez rendir en los estudios. Los nuevos amigos que se encuentre en su universidad tendrán un rol importante en el proceso de adaptación y crecimiento. La experiencia de tomar sus propias decisiones será una prueba de confianza entre los hijos y sus padres. Así, las familias deberán confiar en que los valores y enseñanzas inculcados en el seno familiar servirán de soporte y apoyo para lo que tengan que enfrentar.

Una vez que los hijos se han marchado de la casa, de repente, todo se echa de menos, comentan Martín y García. De pronto, “la casa se hace más grande, hay más espacios libres,   a partir de este momento, se inicia un periodo de adaptación, de reajuste y de elaboración de nuevos roles y patrones de interacción en la familia”. Una madre relata que en ocasiones llama a su hija por la casa, para luego constatar que no está. Es una regla de vida, vienen a través de nosotros pero no se pueden quedar. Tienen necesariamente que volar.

Si los padres viven el cambio como un abandono o una pérdida, sostienen los expertos, desarrollarán el síndrome del nido vacío y surgirán en ellos las emociones de nostalgia en una etapa de duelo, tristeza, soledad y sentimiento de vacío. Por ello, es importante vivir el proceso de cambio como algo normal y darse tiempo para que cada uno se adapte al nuevo escenario. “Los padres que han fomentado a lo largo de los años la autonomía de los hijos, vivirán mejor este momento”, sostiene Ruiz Coloma. Es decir, en función del grado de dependencia que se haya establecido entre hijos y padres, el ajuste a la nueva situación será más o menos difícil. “Para aprender a vivir esta nueva vida, se deben conciliar los sentimientos positivos con los otros no tan buenos como la nostalgia o la pena de que tu hijo no viva ya contigo. Es importante, reconocer y aceptar que, aunque sea ley de vida, la pérdida produce dolor. Pero con todo ello, debemos encontrarnos en el dolor y fortalecer el amor aún en la distancia. Su presencia siempre se sentirá por la casa.

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